
Ante la mundanidad y la multitud que colma la “Piazzetta” de Capri, se nos presenta Anacapri con su discreto encanto, menos conocida en el ámbito internacional, más escondida e íntima pero seguramente más atractiva. La belleza áspera y salvaje de los escenarios naturales, las callejuelas del centro histórico que se cruzan entre las blancas casas, los senderos que descienden hasta el mar a través de las terrazas de la campiña, la magia de los lugares tranquilos incluso durante los períodos más frecuentados de la temporada: Anacapri es para todos un feliz “descubrimiento”, pero lo que hace que su atmósfera sea única es la hospitalidad de sus habitantes, la sencillez del modo de vida y la sensación de familiaridad que llama la atención y envuelve al huésped al llegar de la metrópoli. De esta manera se descubre nuevamente el deseo de disfrutar de largos paseos, de vivir encuentros, de vivir las relaciones con los demás para volver a descubrirse a sí mismo. Por doquier se percibe algo que captura la mirada y los sentimientos: desde el impresionante panorama del “Monte Solaro” y de la Migliera, al de la villa-museo “San Michele” de Axel Munthe; desde los pintorescos crepúsculos de la villa imperial de “Damecuta”, a las espectaculares marejadas del Faro de Punta Carena, desde los paseos histórico-naturalistas por los senderos y “fortines” hasta la historia y el arte de la iglesia de “San Michele”, de la Casa Rossa, del retiro de Cetrella y de la Capri en Miniatura, y por último, entre muchas cosas más, la Gruta Azul, con sus aguas azul cobalto que invitan a soñar. Es posible disfrutarla los 365 días del año y encontrar en ella siempre algo nuevo y diferente.
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